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Yegor es un escritor del noreste de Europa de mediana edad (45), marcado por la guerra y la pérdida. Nació de familia humilde y creció más pobre, destinado a morir sin nada que le pertenezca. Nació un 26 de diciembre, en una casa que a penas protegía de la ventisca aquella noche, y su madre casi muere en el parto. Pasó la infancia y la niñez en casa, siendo educado por sus padres y ayudándoles a sobrevivir. Como vivían lejos de la ciudad, no podían permitirse una escuela para Yegor, pero eso no le impidió culturizarse. Empezó a escribir desde joven todo lo que se le ocurría, llenando tantos papeles como tenía. El frío invierno le arrebató a sus padres a le temprana edad de 15 años, por lo que tuvo que empezar a vivir y trabajos por su cuenta sin haber terminado su adolescencia, vendiéndose al mejor postor para ganar un mísero sueldo a cambio de romperse el lomo. Gracias a esto conservó la ruina a la que llamaba hogar, y podía permitirse escribir de vez en cuando, a cambio de saltarse comidas. Cinco años después conoció a Anya, una joven de 18 años que trabaja en los campos de cultivo, y se enamoraron perdidamente. Dos años después se casaron y fueron felices pese a las adversidades; hasta que Anya cumplió los 30, y falleció a causa de un cáncer de páncreas. Yegor se vio solo de nuevo, y su escritura se iba tornando cada vez más gris. Tanto que le consumía cada vez más. Perdiendo no solo sus pertenencias por la guerra y la pobreza, sino a sí mismo.
Desde pequeño le apasionaron los libros a raíz de un regalo que le hizo su madre cuando cumplió los 7 años. En uno de sus viajes le trajo un libro que Yegor lo atesoraría por siempre. Ese cariño y detallismo de su madre fue lo que le impulsó a seguir devorando libros y, más adelante, a escribir sus propias historias sin cesar, como si fuese un pacto para el. Siempre lleva encima el pequeño libro de bolsillo para acordarse de su difunta madre y motivarse a seguir adelante frente a la tristeza. Sus dos padres siempre le dijeron que él estaba destinado a ser un gran hombre y, por suerte o por desgracia, es un gran peso sobre los hombros de Yegor, que le impide rendirse y le obliga a cargar con toda su pena hasta convertirse en el gran hombre que sus padres decían que sería.
A eso se le suma el cariño incondicional de su difunta esposa, que le demostró la bondad que había en el mundo, una bondad que él no era capaz de entender, ya que siempre estuvo enfadado con el mundo. Cuando Anya murió, Yegor no fue capaz de hacer mal nunca más a un ser vivo más que a sí mismo, y si aisló del mundo durante 13 años.
Un día, enzarzado escribiendo palabras vacías en un montón de hojas, escuchó una rama de árbol que no dejaba de golpear su ventana durante una tormenta invernal. Molesto por el ruido, salió a arrancar la rama y lo que se encontró fuera yaciendo en el árbol era el cuerpo inmóvil de una niña, cubierto por la nieve. Una vez comprobó si seguía respirando la metió en su casa, alimentó y cuidó hasta que se recuperó. Ella le explicó que era una fugitiva de guerra, y que había perdido a sus padres a sus brazos. Yegor no pudo hacer más que encogerse por la crueldad que tuvo que pasar una niña tan pequeña, que lo perdió todo como él por culpa de un mundo injusto. Decidió criarla como si fuese su padre, y poco a poco sus días se hacían más cálidos y brillantes a pesar de contar con muy poco para subsistir. Estaba volviendo a ser feliz, y era un buen padre. Pero Yegor no podía huir de su carga y su pasado, que le atormentaba día a día y le hacía cuestionarse, si algún día perdería también a aquella niña a la que a día de hoy llama hija, pues está destinado a perderlo todo.
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