Alejandra Fernández de Córdoba

 

Alejandra Fernández de Córdoba (22-30)

Objetos: Cámara, cuadernos, máquina de escribir y documentos arrugados en carpeta de cuero.

A comienzos del siglo XX la ruta de la seda es de sobra conocida por los europeos y el mundo occidental, que siguen estando cautivados por las rarezas y especias orientales más allá del Himalaya y las estepas rusas. Para Alejandra Fernández de Córdoba, perteneciente a la nueva nobleza burguesa del reino español, los secretos y paisajes de esta ruta le han encandilado tanto como a la nueva intelectualidad incipiente.

En un movimiento que manchará su apellido en España, Alejandra decide aventurarse a explorar esta ruta ocultándose en uno de los primeros trenes intercontinentales, a costa de su estabilidad financiera y personal. Tras todo tipo de desventuras y aprendizajes, su camino termina una vez queda satisfecha, o más bien una vez que el capital con el que partiera se hubiera consumido en la ambición de su empresa.

Así pues, Alejandra decide que es momento de volver a Europa. Pronto descubrirá que, sin dinero ni conexiones, poco puede hacer más que caminar hacia donde cree que se encuentra su destino. Reticente a tomar el mismo camino que emprendió, tal como la exploradora en la que desea convertirse, señalará con su dedo el mar que tan poco llegó a ver en vida hasta entonces.

Alejandra ha sido moldeada por la más alta cuna española, o más bien en vano han tratado de que fuera así. Rebelde desde niña, el aislamiento al que fue sometida en suntuosos jardines, en la quietud y en corsés ajustados hicieron mella en su espíritu curioso hasta romper la cáscara que lo contenía.

Siente que todo lo que desea en este mundo es observar las maravillas que han de ofrecérsele en su paso, siempre firme y sin detenerse. Una verdadera nómada contemporánea cuyo mayor temor es el estancamiento, negada a establecerse en un lugar concreto en el que pasar el resto de sus días. Desde niña supo que quería recorrer el mundo hasta donde pudiesen llegar sus pies, observarlo hasta donde alcanzasen sus ojos y tocarlo hasta donde sintiesen sus manos. No es sorpresa que, al llegar a Australia de polizonte desde China, su curiosidad se posase inmediatamente en aquella herramienta que permitía plasmar mejor la realidad que cualquier dibujante. La cámara fotográfica. La fragilidad de una fotografía sigue siendo más fiable que la de la memoria, y, en ocasiones, vienen a ser lo mismo.

Sin dinero y con la convicción de hacerse con una, se estableció en Australia trabajando como traductora española, conteniendo la frustración de acostumbrarse a los paisajes desérticos y monótonos de la colonia inglesa. Debido a su educación noble y su nombre, por mucho pesar que le generase, acabó estableciendo conexiones con los mercaderes y aristócratas más importantes de la metrópoli, lo que le valió tanto su ansiada cámara como un pasaje al país más importante del mundo en ese entonces.

Una vez en Inglaterra descubrirá que su nombre, y por desgracia su famosa historia, ha llegado más lejos de lo que desearía. En España se la reclama por una cuestión hereditaria tras tantos años exiliada, su familia se disputa poderosos puestos en el trono y la mancha que ella representa impide que esto suceda. Así pues, dedicará el resto de su vida a huir, que siempre fue su objetivo, al fin y al cabo. Consciente de que escapar no es lo mismo que perderse, aprenderá el arte de la falsificación documental para cambiar su nombre según el país al que ingrese mediante la pluma y una moderna máquina de escribir adquirida en Inglaterra. Su carácter rebelde, en origen descuidado y curioso se transformará en una maquinaria de supervivencia fría y cuidadosa. Los libros, la cámara, sus cuadernos y artilugios son tanto su testamento como su medio de supervivencia. Una vida por y para la documentación, en todos los sentidos. El conocimiento y la experiencia la han vuelto astuta, apenas queda rastro de esa sangre azul que en su juventud inyectaron. Alejandra se torna solitaria, desconfiada, pero a la vez contempla el mundo con súbita alegría.

Los años pasan y la costumbre acecha incluso en el deseo de observar nuevos paisajes. La edad trae consigo la nostalgia a la vez que calma las heridas que una vez la empujaron al camino del mundo, además, su cuerpo soporta menos caminatas, menos traqueteos y menos recovecos peligrosos. Un deseo aviva su llama interna de nuevo. Volver a España. Entrar en la zona más peligrosa del mundo, sucumbir al instinto humano de realizar lo prohibido por el placer de transgredir y demostrarse capaz, eludir a sus enemigos con el paso del tiempo en su contra. Pero, sobre todo, recorrer la verdadera tierra de los conejos y no la que junto a palacetes y arreglos florales cimentaron el origen de su exilio.



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